No soy para todo el mundo, y está bien
Una de las primeras cosas que solemos hacer antes de integrar todo lo que somos es intentar agradar a todo el mundo. A todo el mundo!!
¿Te has parado alguna vez a pensar en lo difícil —y agotador— que es eso?
El desgaste diario, la energía que se pierde, y lo poco que acabamos valorándonos cuando vivimos pendientes de la mirada ajena.
Cuando intentas ser para todo el mundo, te pierdes a ti.
Dejas de SER tú, para convertirte en lo que los demás esperan, desean o proyectan.
¿Y para qué?
Para que te acepten.
Pero quizás el verdadero camino no sea aceptarnos para que nos acepten…
sino aceptarnos para poder aceptarnos.
Porque solo cuando nos abrazamos tal y como somos, dejamos de mendigar aprobación fuera.
Aceptar todo lo que SOMOS implica también mirar de frente nuestras sombras.
No para rechazarlas, sino para integrarlas.
Porque nuestras sombras no vienen a castigarnos, vienen a informarnos.
Nos muestran heridas no atendidas, miedos antiguos, partes de nosotros que aún piden amor.
Y cuando las escuchamos sin juicio, dejan de controlarnos.
No eres para todo el mundo.
Y no pasa nada.
Ser tú no es un error.
Es tu mayor acto de coherencia.
Y desde ahí… llega la verdadera paz.
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