Más de 30 años sin dirigirse la palabra
Hoy quiero compartir algo de lo que he sido testigo.
Algo que no se explica con palabras, porque se sintió en el aire.
Dos personas. Dos Almas.
Después de más de treinta años sin dirigirse la palabra, se fundieron en un abrazo.
Un abrazo silencioso, profundo, energético…
Y en ese instante, toda la sala vibró.
Más de treinta años sin hablarse.
¿Te has preguntado alguna vez cómo dos hermanos pueden llegar a ese punto?
¿Cómo pueden compartir encuentros familiares, fechas importantes, mirarse… y no hablarse?
¿Cómo se convive con ese silencio tan lleno de historia?
¿Crees que llega un momento en que incluso se olvida lo que ocurrió?
¿O será que el recuerdo ya no duele igual, pero sigue separando?
Me pregunto si aquello que los distanció fue realmente tan importante como para renunciar a compartir la vida:
las batallas y los triunfos,
las risas y los llantos,
los proyectos, los sueños,
ser testigos del crecimiento de sus hijos,
estar ahí cuando más se necesitaban.
Y sin embargo…
igual que un día decidieron dejar de hablarse,
un día decidieron seguir compartiendo.
Sin explicaciones.
Sin reproches.
Sin palabras.
Porque, aunque no se dijera en voz alta, el perdón fue más fuerte que el rencor.
Porque cuando dos personas están dispuestas, no hay nada que no pueda sanarse.
Porque no hay nada que realmente separe, si hay una voluntad sincera de dejar atrás lo que ya fue y no volverá…
salvo que nosotros lo sigamos alimentando.
Y aquí quiero recordar una antigua fábula:
Una leyenda popular de origen cherokee cuenta que un abuelo le dice a su nieto:
“Dentro de cada persona luchan dos lobos.
Uno oscuro, que representa el odio, la ira,el rencor, el juicio, la envidia , la tristeza…
Y otro lleno de luz, que simboliza el amor, la paz, la alegría, la compasión, la bondad.”
El nieto pregunta:
“Abuelo, ¿cuál de los dos ganará?”
Y el abuelo responde:
“Aquel al que alimentes más.”
La enseñanza es clara y profunda:
la vida que vivimos, las relaciones que sostenemos y los vínculos que sanamos dependen de dónde ponemos nuestra energía.
Hoy, ese abrazo me recordó que el perdón no siempre necesita palabras.
A veces, basta con elegir qué lobo queremos seguir alimentando.
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